sábado, 17 de mayo de 2014

Algunas novelas y ensayos en torno a la Historia Contemporánea de España

Cada vez me interesa más la novela como forma de aproximación a la Historia. Esta es una pequeña selección un tanto aleatoria y caprichosa de algunas lecturas, en su mayoría novela, para acercarse al conocimiento de la Historia de la España contemporánea, realizada pensando en alumnos de 2º de bachillerato a los que quizá les gustaría leer sobre estos temas.
1. Obras generales sobre Literatura e Historia de España
García de Cortázar, F, Leer España (ensayo)
Mainer, Historia mínima de la literatura española (ensayo)
Fusi, Historia mínima de España (ensayo)
2. Novelas y ensayos (ordenados cronológicamente según la época a la que hacen referencia)
·         S. XIX
Vallejo Nájera, Yo el Rey
Pérez Reverte, Sangre de mayo
Blanco White, Cartas de España
Galdós, La Fontana de Oro
    "          Cádiz
    "          Memorias de un cortesano de 1815
    “          Los duendes de la Camarilla
    "          Cánovas
Borrow, La Biblia en España
Larra, Artículos
Valle Inclán, La corte de los milagros
Calvo Poyato, Sangre en la calle del turco
R. J. Sender, Mr. Witt en el cantón
Rizal, J., Noli me tangere
·         S. XX
 Costa, J, Oligarquía y caciquismo (ensayo)
Trigo F, Jarrapellejos
Baroja, P., Aurora roja
Machado, A., Juan de Mairena
Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta
Martín Sánchez, P, El anarquista que se llamaba como yo
Barea, A, La forja de un rebelde
Ortega y Gasset, La España invertebrada (ensayo)
Silva, L, El nombre de los nuestros
García de Cortázar, F, Tu rostro con la marea
Sagarra, Vida privada
Orejudo, A, Fabulosas narraciones por historias
Pla, J, Madrid, el advenimiento de la república
Trapiello, A., Las armas y las letras (ensayo)
De Foxá, A, Madrid de corte a cheka
Chaves Novales, A sangre y fuego
Martínez de Pisón, Enterrar a los muertos
Cercas, J., Soldados de Salamina
Martínez Reverte, J, Guerreros y traidores (ensayo)
Marsé, Si te dicen que caí
Soler, J, Los rojos de ultramar
Teixidor, E, Pan negro
Rosa, I, El vano ayer
Muñoz Molina, El dueño del secreto
 Martínez de Pisón, El día de mañana
Cercas, J, Anatomía de un instante (ensayo)
·         S. XXI
Chirbes, R, Crematorio
   “        , En la orilla

miércoles, 23 de abril de 2014

El documental Los colonos del Caudillo



Anoche pude ver en la Filmoteca de Albacete el documental Los colonos del Caudillo y asistir al debate posterior con sus directores Lucía Palacios y Dietmar Post, dentro del ciclo de Cine Jurídico.
El documental investiga el por qué de la pervivencia del topónimo Los Llanos del Caudillo. A partir de este caso concreto se analiza la evolución de la dictadura y la pésima revisión de la memoria histórica durante el ya largo período desde la muerte del dictador hasta nuestros días. Descubrimos el enorme fraude que llevó a cabo el régimen con los colonos instalados en las tierras del Instituto Nacional de Colonización, sometidos a una implacable explotación, hasta el extremo de que no se concedieron los prometidos títulos de propiedad y para los que trabajaron en condiciones deplorables durante más de treinta años. Pero los directores no se detienen ahí sino que investigan por qué a día de hoy aún pervive la referencia al Caudillo en el topónimo del pueblo. Y es cuando comprendemos cómo se hizo la Transición y la mala gestión de la memoria histórica en los veinte años que gobernó el partido socialista en democracia, cómo la sociedad española aún no ha saldado las cuentas pendientes con el sistema de terror dictatorial de Franco.

miércoles, 9 de abril de 2014

Los cambios políticos de 1976 a 1981



Por su claridad y ordenación cronológica reproduzco el siguiente artículo de prensa:
José Manuel Romero. El País, 23 de marzo de 2014

1.670 días que cambiaron España

Desde su nombramiento por el Rey en 1976 hasta su dimisión en 1981, Suárez tejió la democracia a base de profundas reformas legales y grandes consensos

Llegó al poder sin democracia, por designación real, el 3 de julio de 1976. Cuando lo abandonó, el 29 de enero de 1981, tras dos elecciones exitosas y una dimisión traumática, la democracia funcionaba con plenas garantías. Adolfo Suárez (1932-2014), el hombre que guio a su país de las sombras a las libertades, levantó en esos años el edificio de la democracia a base de profundas reformas legales y grandes consensos. Fueron 1.670 días que cambiaron España.

Una ley para enterrar la dictadura. La Ley para la Reforma Política llegó cuando la dictadura aún paseaba por el Congreso y los principios fundamentales del Movimiento sujetaban a duras penas el modelo franquista de Estado. El 18 de noviembre de 1976, las Cortes Generales aprobaron por 425 votos a favor, 59 votos en contra y 13 abstenciones la Ley 1/1977 presentada 11 meses antes. La norma que abría la puerta a la democracia en España fue ratificada en referéndum sólo uno mes después con el 80% de votos a favor y una participación altísima (77%).

Esa Ley imponía la soberanía popular, el derecho de voto de todos los españoles a partir de los 21 años, dos cámaras (Congreso y Senado) cuyos representantes eran elegidos en sufragio universal, libre, directo y secreto. Una quinta parte de esos representantes eran designados directamente por el rey.

Legalización de los partidos políticos. Con la Ley de Reforma Política vigente, se inició la legalización de los partidos políticos (entre enero y abril de 1977). “No es buena política la de cerrar los ojos a lo que existe”, declaró Suárez para justificar la legalización del PCE. “No solo no soy comunista sino que rechazo firmemente su ideología (...) pero sí soy demócrata, sinceramente demócrata. Nuestro pueblo es suficientemente maduro para asimilar su pluralismo”,

Disolución de las Cortes franquistas: elecciones generales. El 15 de junio de 1977 se convocan las primeras elecciones democráticas. La UCD gana con el 34% de los votos. El PSOE roza el 30% y el PCE se queda en el 9%. Suárez preside el primer Gobierno democrático, sin mayoría absoluta en el Parlamento.

La Ponencia Constitucional. Las nuevas Cortes arrancan con el mandato de redactar una nueva Constitución que proclamaba que la soberanía nacional reside en el pueblo español, consagraba el Estado de las Autonomías y la monarquía parlamentaria como forma de Gobierno. Mientras se debate el texto legal, el Ejecutivo amnistía a los últimos presos políticos que quedaban en España.

Los Pactos de la Moncloa. Con las Cortes trabajando en la redacción de la Norma Fundamental para la convivencia democrática en España, el Ejecutivo impulsa con la oposición los denominados Pactos de la Moncloa, dos acuerdos muy relevantes en matería económica (derecho a la asociación sindical, límites de subida salarial similares a la inflación existente en esos momentos, devaluación de la peseta y reforma fiscal) y jurídico-politica (se incluyen los derechos de reunión, asociación política y libertad de expresión) que firmaron el 25 de octubre de 1977 los líderes de los principales partidos y CC OO.

Suárez cocinó aquellos pactos en conversaciones previas con Felipe González y Santiago Carrillo para garantizarse una cierta estabilidad, dado que su partido no tenía mayoría absoluta en el Congreso.

Ley de Amnistía. La capacidad de consenso que demostró Suárez facilitó también una Proposición de ley que presentaron cuatro grupos parlamentarios (UCD, PCE, PSOE y minorías vasca y catalana). Una normativa aprobada en octubre de 1977 para apuntalar la convivencia que en su artículo primero señalaba:

“Quedan amnistiados:

a) Todos Ios actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día quince de diciembre de mil novecientos setenta y seis.

b) Todos los actos de la misma naturaleza realizados entre el 15 de diciembre de 1976 y el 15 de junio de 1977, cuando en la intencionalidad política se aprecie además un móvil de restablecimiento de las libertades o de reivindicación de autonomías de los pueblos de España.

c) Todos los actos de idéntica naturaleza e intencionalidad a los contemplados en el párrafo anterior realizados hasta el 6 de octubre de 1977, siempre que no hayan supuesto violencia grave contra la vida o la integridad de las personas”.

El sindicalista Marcelino Camacho, diputado del PCE, señaló entonces: “Queremos abrir la vía a la paz y a la libertad. Queremos cerrar una etapa; queremos abrir otra. Nosotros, precisamente, los comunistas, que tantas heridas tenemos, que tanto hemos sufrido, hemos enterrado nuestros muertos y nuestros rencores. Nosotros estamos resueltos a marchar hacia adelante en esa vía de la libertad, en esa vía de la paz y de progreso”.

Las elecciones municipales. Las primeras Cortes se pusieron manos a la obra para levantar los pilares de la nueva democracia. Mientras unos parlamentarios redactaban la nueva Constitución, otros se afanaban en reformas legales para garantizar el cambio. En diciembre de 1977 se tramitó por la vía de urgencia el proyecto de Ley de Elecciones Locales. Martín Villa, entonces ministro del Interior, defendió con solemnidad aquella norma. “Para que la libertad sea auténtica y operante, debe comenzar por actualizarse precisamente en los ámbitos más profundos e inmediatos. Participación y presencia de losciudadanos en la gestión de sus más inmediatos intereses comunes, que son, precisamente, los que 1as Corporaciones Locales expresan y representan. En definitiva, autogobierno ciudadano como pieza básica y fundamental en un sistema político de libertad efectiva”.

Despenalización del adulterio, legalización de los anticonceptivos, ley del divorcio. Como consecuencia de los pactos de la Moncloa el Gobierno envió al Congreso varias reformas legales para la despenalización del adulterio y despenalización del uso de anticonceptivos. Suárez también dejó preparada la Ley del divorcio que se aprobó el 22 de junio de 1981.



martes, 1 de abril de 2014

Julián Casanova sobre la Guerra Civil

Por su interés reproduzco este artículo de Julián Casanova sobre la Guerra Civil:



Por: Julián Casanova | 01 de abril de 2014




“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, nuestras tropas victoriosas han alcanzado sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, decía el último parte oficial emitido desde el cuartel general de Franco el 1 de abril de 1939, con la voz del locutor y actor Fernando Fernández de Córdoba.

Atrás había quedado una guerra de casi mil días, que dejó cicatrices duraderas en la sociedad española. El total de víctimas mortales, según los historiadores, se aproximó a las 600.000, de las cuales 100.000 corresponden a la represión desencadenada por los militares sublevados y 55.000 a la violencia en la zona republicana. El desmoronamiento del ejército republicano en la primavera de 1939 llevó a varios centenares de miles de soldados vencidos a cárceles e improvisados campos de concentración. A finales de 1939 y durante 1940 las fuentes oficiales daban más de 270.000 reclusos, una cifra que descendió de forma continua en los dos años siguientes debido a las numerosas ejecuciones y a los miles de muertos por enfermedad y desnutrición. Al menos 50.000 personas fueron ejecutadas entre 1939 y 1946.

Los hechos más significativos de la Guerra Civil han sido ya investigados y las preguntas más relevantes están resueltas, pero esa historia no es un territorio exclusivo de los historiadores y, en cualquier caso, lo que enseñamos los historiadores en las universidades y en nuestros libros no es lo mismo que lo que la mayoría de los ciudadanos que nacieron durante la dictadura o en los primeros años de la actual democracia pudieron leer en los libros de texto del Bachillerato. Además, millones de personas nunca estudiaron la Guerra Civil porque no hicieron Bachillerato o porque nadie les contó la guerra en las asignaturas de Historia.

Setenta y cinco años después de su final, puede ser el momento de recordar cinco cosas básicas que todo ciudadano informado debería saber sobre la Guerra Civil, pero nunca le enseñaron.

1. ¿Por qué hubo una Guerra Civil en España?

En 1936 había en España una República, cuyas leyes y actuaciones habían abierto la posibilidad histórica de solucionar problemas irresueltos, pero habían encontrado también, y provocado, importantes factores de inestabilidad, frente a los que sus gobiernos no supieron, o no pudieron, poner en marcha los recursos apropiados para contrarrestarlos.

La amenaza al orden social y la subversión de las relaciones de clase se percibían con mayor intensidad en 1936 que en los primeros años de la República. La estabilidad política del régimen también corría mayor peligro. El lenguaje de clase, con su retórica sobre las divisiones sociales y sus incitaciones a atacar al contrario, había impregnado gradualmente la atmósfera española. La República intentó transformar demasiadas cosas a la vez: la tierra, la Iglesia, el Ejército, la educación, las relaciones laborales. Suscitó grandes expectativas, que no pudo satisfacer, y se creó pronto muchos y poderosos enemigos.

La sociedad española se fragmentó, con la convivencia bastante deteriorada, y como pasaba en todos los países europeos, posiblemente con la excepción de Gran Bretaña, el rechazo de la democracia liberal a favor del autoritarismo avanzaba a pasos agigantados. Nada de eso conducía necesariamente a una guerra civil. Ésta empezó porque un golpe de Estado militar no consiguió de entrada su objetivo fundamental, apoderarse del poder y derribar al régimen republicano, y porque, al contrario de lo que ocurrió con otras repúblicas del período, hubo una resistencia importante y amplia, militar y civil, frente al intento de imponer un sistema autoritario. Sin esa combinación de golpe de Estado, división de las fuerzas armadas y resistencia, nunca se habría producido una guerra civil.




Vista la historia de Europa de esos años, y la de las otras República que no pudieron mantenerse como regímenes democráticos, lo normal es que la República española tampoco hubiera podido sobrevivir. Pero eso no lo sabremos nunca porque la sublevación militar tuvo la peculiaridad de provocar una fractura dentro del Ejército y de las fuerzas de seguridad. Y al hacerlo, abrió la posibilidad de que diferentes grupos armados compitieran por mantener el poder o por conquistarlo. El Estado republicano se tambaleó, el orden quebró y una revolución radical y destructora se extendió como la lava de un volcán por las ciudades donde la sublevación había fracasado. Allí donde triunfó, los militares pusieron en marcha un sistema de terror que aniquiló físicamente a sus enemigos políticos e ideológicos. Era julio de 1936 y así comenzó la Guerra Civil española.

2. ¿Por qué la propaganda domina a la historia cuando se trata de la violencia?

Para los españoles, la guerra civil ha pasado a la historia, y al recuerdo que de ella queda, por la deshumanización del contrario y por la espantosa violencia que generó.

Los bandos que se enfrentaron en ella eran tan diferentes desde el punto de vista de las ideas, de cómo querían organizar el Estado y la sociedad, y estaban tan comprometidos con los objetivos por los que tomaron las armas, que era difícil alcanzar un acuerdo. Y el panorama internacional tampoco dejó espacio para las negociaciones. De esa forma, la guerra acabó con la aplastante victoria de un bando sobre otro, una victoria asociada desde ese momento a los asesinatos y atrocidades que se extendían entonces por casi todos los países de Europa.

La apelación a la violencia y al exterminio del contrario fueron además valores duraderos en la dictadura que se levantó sobre la Guerra Civil y que iba a prolongarse durante casi cuatro décadas. Por eso, la sociedad que salió del franquismo y la que creció con la democracia mostró índices tan elevados de indiferencia hacia la causa de las víctimas de la Guerra Civil y de la dictadura. Y sigue sin haber acuerdo fácil en esa cuestión, porque todas las complejas y bien trabadas explicaciones de los historiadores quedan reducidas a quién mató más y con mayor alevosía. En ese tema, todavía hoy, la propaganda, con sus habituales tópicos y mitos, suele sustituir al análisis histórico.

3. ¿Cómo se vio y se ve la Guerra Civil española en el exterior?

Pese a lo sangrienta y destructiva que pudo ser, la Guerra Civil española debe medirse también por su impacto internacional, por el interés y la movilización que provocó en otros países. En el escenario internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y de fascismo, España era, hasta julio de 1936, una país marginal, secundario. Todo cambió, sin embargo, a partir de la sublevación militar de ese mes. En unas pocas semanas, el conflicto español recién iniciado se situó en el centro de las preocupaciones de las principales potencias, dividió profundamente a la opinión pública, generó pasiones y España pasó a ser el símbolo de los combates entre fascismo, democracia y comunismo.

Lo que era en su origen un conflicto entre ciudadanos de un mismo país derivó muy pronto en una guerra con actores internacionales. La situación internacional era en ese momento my poco propicia para la República, y para una paz negociada, y eso marcó de forma decisiva la duración, curso y desenlace de la guerra civil española. La Depresión había alimentado el extremismo y minado la fe en el liberalismo y la democracia. Además, la subida al poder de Hitler y los nazis en Alemania y la política de rearme emprendida por los principales países europeos desde comienzos de esa década crearon un clima de incertidumbre y crisis que redujo la seguridad internacional.

Los mejores expertos sobre la financiación de la guerra y su dimensión internacional han destacado el desequilibrio a favor de la causa franquista de suministros de material bélico, pero también de asistencia logística, diplomática y financiera. Al margen de las interpretaciones canónicas de un lado o de otro, esos historiadores subrayan la trascendencia de la intervención extranjera en el curso y desenlace de la guerra. La intervención de la Alemania nazi y de la Italia fascista y la retracción, en el mejor de los casos, de las democracias occidentales condicionaron de forma muy importante, si no decisiva, la evolución y duración del conflicto y su resultado final.


Pero a España no sólo llegaron armas y material de guerra. Llegaron también muchos voluntarios extranjeros, reclutados y organizados en las Brigadas Internacionales por la Internacional Comunista, que percibió muy claramente el impacto de la Guerra Civil española en el mundo y el deseo de muchos antifascistas de participar en esa lucha. Frente a la intervención soviética y a las Brigadas Internacionales, los nazis y fascistas [en la foto, una compañía del ejército fascista de marcha por España en 1937, retratados por el teniente italiano Guglielmo Sandri] incrementaron el apoyo material al ejército de Franco y enviaron asimismo miles de militares profesionales y combatientes voluntarios. La guerra no era sólo un asunto interno español. Se internacionalizó y con ello ganó en brutalidad y destrucción. Porque el territorio español se convirtió en campo de pruebas del nuevo armamento que estaba desarrollándose en esos años de rearme, previos a una gran guerra que se anunciaba.

4. ¿Por qué se movilizaron tantos extranjeros en la guerra española?

Dentro de esa guerra internacional en suelo español hubo varias y diferentes contiendas. En primer lugar, un conflicto militar, iniciado cuando el golpe de Estado enterró las soluciones políticas y puso en su lugar las armas. Fue también una guerra de clases, entre diferentes concepciones del orden social, una guerra de religión, entre el catolicismo y el anticlericalismo, una guerra en torno a la idea de la patria y de la nación, y una guerra de ideas que estaban entonces en pugna en el escenario internacional. En la guerra civil española cristalizaron, en suma, batallas universales entre propietarios y trabajadores, Iglesia y Estado, entre oscurantismo y modernización, dirimidas en un marco internacional desequilibrado por la crisis de las democracias y la irrupción del comunismo y del fascismo. Por eso tanta gente de diferentes países, obreros, intelectuales y escritores, se sintió emocionalmente comprometida con el conflicto.

5. ¿Por qué ganó Franco la guerra?

Los militares sublevados en julio de 1936 ganaron la guerra porque tenían las tropas mejor entrenadas del ejército español, al poder económico, estaban más unidos que el bando republicano y los vientos internacionales soplaban a su favor. Después de la Primera Guerra Mundial y del triunfo de la revolución en Rusia, ninguna guerra civil podía ser ya sólo “interna”. Cuando empezó la Guerra Civil española, los poderes democráticos estaban intentando a toda costa “apaciguar” a los fascismos, sobre todo a la Alemania nazi, en vez de oponerse a quien realmente amenazaba el equilibrio de poder. La República se encontró, por lo tanto, con la tremenda adversidad de tener que hacer la guerra a unos militares sublevados que se beneficiaron desde el principio de esa situación internacional tan favorable a sus intereses.

La victoria incondicional de las tropas del general Francisco Franco, el 1 de abril de 1939, inauguró la última de las dictaduras que se establecieron en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. La dictadura de Franco, como la de Hitler, Mussolini u otros dictadores derechistas de esos años, se apoyó en el rechazo de amplios sectores de la sociedad a la democracia liberal y a la revolución, quienes pedían a cambio una solución autoritaria que mantuviera el orden y fortaleciera al Estado.



Setenta y cinco años después, pocos creen ya que el objetivo del historiador es presentar a sus lectores “la verdad sin mancha ni pintura”, o que el pasado existe independiente de la mente de los individuos y lo que tiene que hacer el historiador, en consecuencia, es representarlo de forma objetiva. Que los hechos de la historia nunca nos llegan a nosotros en estado “puro” es algo que popularizó Edward H. Carr hace ya muchos años y había sido ya dicho por los historiadores norteamericanos de la “New History” a comienzos del siglo XX. Pero asumiendo que la verdad absoluta es inalcanzable, la función del historiador debería ser todavía, en palabras de François Bedarida, “la de descubrir modestamente las verdades, aunque sean parciales y precarias, descifrando parcialmente en toda su riqueza los mitos y las memorias”. Y algunas verdades relativas y bastantes certezas tenemos ya sobre la Guerra Civil, después de tantos intentos por reconstruir aquellos hechos y las vidas de los que los presenciaron, y por ampliar el foco, las fuentes y las técnicas de interpretación.

Además de difundir el horror que la guerra y la dictadura generaron y de reparar a las víctimas durante tanto tiempo olvidadas, hay que convertir a los archivos, museos y a la educación en las escuelas y universidades en los tres ejes básicos de la política pública de la memoria. Más allá del recuerdo testimonial y del drama de los que sufrieron la violencia, las generaciones futuras conocerán la historia por los libros, documentos y el material fotográfico y audiovisual que seamos capaces de preservar y legarles. Archivos, erudición, análisis, debates y buenas divulgaciones de los conocimientos. Eso es lo que necesitamos para seguir construyendo las partes del pasado que todavía quedan por rescatar. La propaganda y la opinión son otra cosa.

Julián Casanova es autor de España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española (Crítica).

Historia de España. Siglo XX (en inglés, capítulos iniciales)

lunes, 24 de marzo de 2014

Sobre Suárez


Cuánto ha cambiado la valoración de Suárez desde que dimitió en 1981 hasta hoy. No hay más que contrastar algunos artículos de prensa de entonces, con los de estos días. De entre todos los artículos que se están escribiendo estos días  destaco dos de historiadores notables: uno de Santos Juliá, y otro de Julián Casanova :
1. Santos Juliá: Fortuna y epitafio de Adolfo Suárez (El País, 23/3/2014):
"De él admiraban, quienes le habían tratado, su pasión por la política y su ambición de poder y no faltaban periodistas que se hacían lenguas de su simpatía arrolladora y de su contagioso entusiasmo. Hablaban otros de su juventud católica, de su notoria aversión a los libros, de su paso por niveles secundarios del Movimiento, del servicio casi filial a esa especie de segundo padre que fue para él Herrero Tejedor, y de las buenas migas que supo hacer con el almirante Carrero, con López Rodó y con el Príncipe de España. Pero nadie llegó nunca a saber en qué consistía su programa político, si tenía alguno, salvo que predicaba una evolución ordenada del régimen hacia una apertura que permitiera salir al terreno de juego a unas asociaciones en todo conformes a lo que consideraba auténtica Constitución que, faltaría más, andaba necesitada de ciertas reformas siempre que se acometieran desde el poder.


Muy ligero equipaje era aquel para la ardua empresa planteada por la acuciante pregunta que políticos españoles y teóricos extranjeros repetían desde hacia años: después de Franco, qué. A Adolfo Suárez, en verdad, no le preocupaba tanto la respuesta como el lugar que en el entramado político del régimen llegaría a ocupar cuando se produjera el llamado hecho biológico. Y no cabe duda de que desarrolló todas sus artes de seducción, que no eran pocas, para que el acontecimiento le pillara sentado a la mesa del consejo de ministros. Solo que, desde 1969, los caminos para alcanzar tan elevada posición se habían complicado por efecto de la descomposición que acabó convirtiendo a la dictadura en un conglomerado de personalidades cada cual rodeada de lo que Max Weber llamaba séquito y Manuel Azaña secuaces. Ya se mire a las gentes del búnker, a las nuevas generaciones del Movimiento, a los cuerpos superiores de funcionarios, a los tecnócratas del Opus Dei, a la democracia cristiana, todos, se encontraban divididos entre sí y enfrentados unos con otros, llevando cada cual la cuenta de los agravios mutuamente infligidos en las largas esperas por los pasillos del poder.


Suárez sufrió las consecuencias de esta atomización grupuscular de las fuerzas del régimen cuando, por la muerte de su patrón y guía, se vio arrojado desde la vicesecretaria general del Movimiento –pista de su vuelo al Gobierno- a los márgenes exteriores del sistema. Y entonces, con 42 años cumplidos, tomó una decisión en la que, jugándose a una carta su presente, se convirtió en promesa de futuro: fortalecer y expandir una de las pocas asociaciones acogidas al nuevo registro del Movimiento, la Unión del Pueblo Español. Nadie, ni las gentes del régimen, daban una perra gorda por las asociaciones, pero a Suárez le permitió la suya, de la que pronto fue presidente, subir al rango de personalidad política.


Y así, al sonar la hora de Franco y hacerse el después ahora, fue lo más natural que se cumpliera por fin su sueño y se viera aupado, con otras personalidades de mayor solera y rimbombancia, a un puesto en el consejo de ministros. Pudo haberle llevado a la ruina, ya que el ministerio era la secretaría general del Movimiento, pero la mezcla de fortuna y audacia que acompaña a los triunfadores multiplicó su capital político ciento por uno tras el fracaso de Arias y el simultáneo naufragio de las más sobresalientes personalidades reformistas del régimen, empezando por los dos presidentes siempre a la espera, Fraga y Areilza, aspirantes a edificar sobre sus hombros una democracia a la española.


De modo que, cuando fue llamado de lo alto, Suárez tenía claro que el tiempo y la ocasión de las personalidades había terminado; que lo exigido por la nueva coyuntura era la formación de un equipo de gobierno en torno a un presidente sin séquito ni secuaces. Los aspavientos de Fraga, Areilza y otros Lópeces facilitaron las cosas. Era preciso seguir la senda italiana, aunque con otro nombre. Y en efecto, Suárez se propuso crear una nueva fuerza política que desempeñara en España el papel jugado por la democracia cristiana en Italia tras la derrota del fascismo: facilitar a los comunistas, desde el poder, la ocupación de un espacio propio que dividiera a la izquierda en dos partidos con similar fuerza electoral, destinados, por tanto, a una perenne oposición; y, al tiempo, idear un sistema electoral con el objetivo, no para crear un sistema bipartidista, sino de garantizar a su partido una hegemonía de décadas, también al modo italiano. Incorporó, por eso, a su primer Gobierno a destacados miembros de la democracia cristiana en posiciones clave, flanqueados por quienes recién habían colgado la camisa azul en el fondo del armario.


Si el marco en que habría de producirse la transición de una política de personalidades a una política de partidos estuvo más o menos claro desde el principio –de ahí el primer decreto-ley de amnistía que legalizó en la práctica a los partidos de la oposición- no lo estaba, sin embargo, el ritmo y el contenido de las iniciativas necesarias para celebrar elecciones generales que devolvieran la soberanía al pueblo español. Y fue en este punto donde brilló el genio político de Suárez al convocar unas elecciones por medio de una ley que siendo para la reforma no era dereforma puesto que no reformaba nada: un fraude de ley, como habían imaginado el sibilino Fernández Miranda o el más barroco Carlos Ollero. Al cabo, eso era lo que exigía la oposición: convocatoria de unas elecciones que abrieran la senda a un proceso constituyente; y eso fue lo que decidió el gobierno sin previa negociación y sin necesidad de consenso alguno.


Como resultado de este golpe audaz, Suárez liquidaba sin mayor obstáculo las instituciones políticas de la dictadura –Cortes y Movimiento-, cerraba el Tribunal de Orden Público y licenciaba a la burocracia sindical. Quedaba por ver hasta dónde permitirían las Fuerzas Armadas abrir el terreno de juego a la oposición. Y de nuevo en este punto, la fortuna y la audacia se aliaron en su decisión de legalizar al Partido Comunista arrebatando de golpe a los militares, también divididos, su tácito derecho de veto sobre el alcance de las políticas adoptadas por el Gobierno. Una vez logrado lo más, fue coser y cantar la liberación de un puñado de presos de ETA recurriendo a la arcaica figura del extrañamiento. Las elecciones pudieron celebrarse sin que nada turbara la soleada placidez de aquel día de junio inolvidable.


Pero el pasado juega en ocasiones malas pasadas. Y es curioso que Suárez que se hizo político en el sentido más noble del término, o sea, alguien que vivía para la política, y no de la política, en el marco de un sistema de personalidades-cum-séquito, no fuera capaz de culminar su trabajo creando un verdadero partido político. Si hubo un error Suárez, su semilla se plantó el día en que, después de ganar sin mayoría las primeras elecciones, decidió formar gobierno procediendo al reparto de esferas de poder entre los cabecillas de los variopintos grupos coligados en la UCD, llamados, no sin razón, barones. Cierto, la unión electoral se mudó formalmente en partido político, pero la forma no modificó el fondo: UCD permaneció como cueva de barones que compartían un rasgo común, su desprecio a aquel político que se había encaramado al poder como por arte de birlibirloque. Sin lecturas, sin bagaje intelectual, sin idiomas, sin pedigrí alguno, todo lo que antes fue motivo de admiración ahora se convertía en causa de desprecio.


Y fue, al cabo, la revancha de la política de personalidades transmutada en rencillas de barones la que acabó por provocar un boquete en la línea de flotación del mismo partido que les había llevado al Gobierno. Suárez nunca volvió a ser lo que había sido desde junio de 1976 hasta, alargando mucho, marzo de 1979. Luego, la fortuna se convirtió en extravío, las palmadas en el hombro en puñetazos al estómago, los parabienes en desdenes. Subió en la política de la mano de personalidades y murió a la política víctima de barones. Descanse en paz".

2. Julián Casanova: Adolfo Suárez y el guión no escrito de la transición (Infolibre, 23/3/2014)

"El 20 de noviembre de 1975, la fecha de la muerte de Franco, no había ningún guión escrito, ningún camino fijado de antemano para que una dictadura autoritaria de casi cuatro décadas se convirtiera de manera pacífica en una democracia plena, reconocida por los países de la Europa Occidental. Las cosas evolucionaron de una manera determinada pero pudieron haber sido distintas en aquel escenario sembrado de conflictos, de obstáculos previstos y de problemas inesperados, en un contexto de crisis económica y de incertidumbre política. 

La dictadura de cuarenta años no terminó de golpe, en unos meses, y lo ocurrido a partir de ese momento no fue el resultado de un plan preconcebido desde arriba de manera autónoma y dirigido por las elites, especialmente por Juan Carlos y Adolfo Suárez. Un análisis histórico, basado en las múltiples fuentes disponibles, tiene que ir más allá de cuatro recuerdos, cinco historietas o declaraciones del tipo de “yo estaba allí”. Sobre todo porque han pasado más de treinta y tres años desde que Suárez dimitió como presidente de Gobierno, un tiempo suficiente para hacer balance de su papel de actor principal en la historia de la transición de la dictadura a la democracia. 

1. Cuando murió Franco, el 20 de noviembre de 1975, Adolfo Suárez tenía un currículum franquista bastante notable. Y no era tan joven, 43 años. Si no hubiera tenido ese currículum, acompañado de muy buenos contactos con dirigentes de la dictadura, no hubiera desempeñado un papel tan primordial. Es inevitable recordar esa posición, porque en una transición como la que se dio en España, pactada, con la gente que procedía del franquismo controlando la situación, los actores primordiales fueron gente como él. Si se hubiera producido una ruptura, algo impensable con el tipo de ejército que había en España, Suárez hubiera desempeñado un papel secundario o ni siquiera hubiera aparecido en esa historia.

2. Tras la muerte de Franco, Suárez fue nombrado por Arias Navarro ministro Secretario General del Movimiento, en el primer Gobierno de la Monarquía, en el que estaban gente como Manuel Fraga, José María de Areilza, Antonio Garrigues o Leopoldo Calvo Sotelo. No estaban los representantes del sector más ultra o del búnker, una opción que ya había apurado Arias en los dos años anteriores. Pero tampoco el Rey echó a Arias, un claro indicio de que allí nadie pensaba en diálogos con la oposición o consultas al pueblo, sino en una "reforma" continuista, sin cambios sustanciales en las estructuras políticas. 

Seis meses después, ese plan había fracasado porque los obstáculos desde arriba –fundamentalmente del sector más reaccionario de la cúpula militar– y la presión desde abajo eran más fuertes de lo esperado. Las huelgas, manifestaciones, peticiones de amnistía, libertad y reivindicaciones de autonomía convencieron a las elites que monopolizaban el poder de la necesidad de un proyecto reformista más audaz. El 1 de julio de 1976 el Rey despidió a Arias Navarro y nombró presidente a Adolfo Suárez, una decisión en la que influyó de forma clara Torcuato Fernández-Miranda, presidente de las Cortes y del Consejo del Reino.

3. Ahí comenzó el verdadero papel protagonista de Suárez, y de Manuel Gutiérrez Mellado, que sustituyó al ultrarreaccionario Fernando de Santiago como vicepresidente primero y ministro para Asuntos de la Defensa. Suárez demostró capacidad de marcar el ritmo y las reglas de juego siempre "de la ley a la ley", máxima de Fernández-Miranda. La fecha clave fue el 18 de noviembre de 1976, cuando las Cortes franquistas votaron a favor de la Ley para la Reforma Política (435 de los 531 procuradores lo hicieron así). 

Se ha repetido que esas Cortes fueron las del harakiri, porque sus miembros habían propiciado voluntariamente su desmantelamiento. Pero la realidad fue más compleja. Y la gente de Alianza Popular, la coalición de notables franquistas que acababa de fundar Fraga, exigió una serie de medidas para que el orden que representaban no corriera peligro. Se favoreció para las futuras elecciones, algo esencial, un sistema bipartidista que privilegiaba el voto conservador de las provincias pequeñas frente a la zonas urbanas más pobladas. Muchos procuradores sabían que volverían a las Cortes como políticos, ya en la democracia, elegidos por sus provincias de origen, o senadores de designación real, y todos sabían que tendrían premios, prebendas y cargos públicos. Suárez les convenció del riesgo que asumían, si rechazaban el proyecto reformista, de enfrentarse a una propuesta más rupturista con el pasado franquista.

4. El éxito en las Cortes se repitió en el referéndum celebrado poco después, el 14 de diciembre. Ahí apareció el Suárez pragmático, audaz, pero también el dirigente franquista que sabía controlar TVE, de la que había sido director desde 1969 a 1973, los gobiernos civiles, las diputaciones y los Ayuntamientos. Sin ese control, y sin el pesado legado de miedo a la libertad procedente de la dictadura, no se entiende la victoria de UCD en las elecciones de junio de 1977, un compendio de grupúsculos de origen distinto formado sólo cinco semanas antes de las elecciones. 

UCD, con Suárez a la cabeza, arrinconó al sector más ultra del franquismo, se atrajo al franquismo sociológico, el constituido por clases medias urbanas lejanas a la izquierda, y recogió casi de forma aplastante el voto rural. El mérito de Suárez como dirigente fue enorme en ese proceso, con su atractivo, cara simpática, comparada con la agria de Fraga y del resto de franquistas, y manejo de la comunicación. Y enorme fue su presencia en todo ese largo proceso de discusión de la Constitución y de las Autonomías, con una segunda victoria en las elecciones de marzo de 1979, las primeras después de la aprobación de la Constitución.

5. A partir de ese momento, salieron a la luz todos los problemas de consolidación de la democracia, con el golpismo y el terrorismo de ETA obstaculizando el proceso de forma muy clara. En ese escenario de consolidación, Suárez ya no fue el dirigente indiscutible y la división interna de UCD, con más enfrentamientos personales que disputas ideológicas, acabó con él. Suárez presentó su dimisión el 27 de enero de 1981, presionado por su partido, incapaz de reconducir la situación y el rey no intentó disuadirle. Pocas semanas después, Tejero entró pistola en mano en el Congreso. Podemos recordar su dignidad durante ese golpe de Estado, pero su papel como político ya había pasado y desde ese momento fue bastante marginal.

No es tarea del historiador juzgar autenticidades, defectos o virtudes, someterse a ese tipo de simplificaciones que tanto manejan estos días periodistas y políticos. Y aunque el análisis se haga desde el presente, hay que sumergirse en aquel complejo escenario para analizarlo, sin que los actuales vicios de la democracia intervengan en el análisis. Salir de dictaduras largas sin ruptura requiere siempre el papel protagonista de dirigentes procedentes de sus elites –algo que también puede verse en las mayoría de los países que transitaron desde el comunismo a la democracia en Europa del este–. Suárez, viniendo del franquismo, presidió una transición difícil, como no podía ser de otra forma. Y él estuvo allí, con una estrategia reformista y de poder muy clara, de la que se conocen los detalles básicos. Otra cosa es el uso político que quiera hacerse de esa historia".